El Trabajo Social en los albores del siglo XXI. Algunos aportes para la reflexión

Introducción

En este artículo, se busca reflexionar algunos aspectos del ejercicio de la disciplina de Trabajo Social. Se utiliza para esto y como principal fuente un libro de poemas escrito por Martín Rodríguez llamado Ministerio de Desarrollo Social. Estoy convencido de la utilidad para reflexionar sobre nuestra profesión de lo que piensan y escriben personas que no son trabajadores sociales. Toda disciplina se desenvuelve desde el propio campo de conocimiento, pero es innegable que también se constituye por lo que los otros piensan, consideran, escriben, esperan de ella.


El que abraza la carne sufriente

En general, puede decirse que quien estudió o estudia la carrera de Trabajo Social y llegó incluso a ser profesional en esto, si no como criterio excluyente, en algún momento lo inquietó o le llamó de alguna forma la atención la situación de los desfavorecidos, de los desclasados, los pobres.

Es interesante advertir cómo los orígenes de la profesión se hayan vinculados a la filantropía y la caridad eclesial, los que hacían de alguna forma algo por los pobres incluso con anterioridad al Estado o porque éste les delegaba esa tarea. Quien se asoma a los claustros de Trabajo Social en general comparte la idea de que hay que hacer algo con o por los pobres, ayudarlos, asistirlos, la palabra que se le quiera poner. Por supuesto que este hacer algo tiene innumerables connotaciones de acuerdo a la ideología y opción política de cada cual,  pero aquí no voy a entrar en eso.

Por lo general, puede decirse que alguien que piensa que todos los pobres son vagos y todos los villeros sospechosos de ser delincuentes no estudiará Trabajo Social. La mayoría de quienes nos acercamos a estudiar o se acercan, tienen una mirada más indulgente hacia los desfavorecidos, sensible por así decirlo. Quizás inocente.

Martín Rodríguez apunta:

“Todos los pobres son buenos. Todos los pobres son buenos.  La trabajadora social abraza lo que sueña: abraza al violador, al pedófilo, al que hirvió la mamadera y se la enchufó en la boca, al que quemó el colchón. Abraza toda la carne sufriente de la Argentina, que incluye por supuesto a extranjeros[1]”.

La trabajadora social como consuelo de los sufrientes. La pobreza y la miseria casi sacralizadas. Están ahí, además, inmutables como el cuadro invariable e injuriante para los derechos humanos de las villas miseria pese a la alternancia de gobiernos de distintos signos ideológicos y políticos. Es curioso observar cómo una sociedad que excluye, que aparta, que expulsa a vastos sectores de la población, genere al mismo tiempo grupos de personas que estén dispuestas a abrazar la carne sufriente de la Argentina. La solidaridad que no aparece en políticas estatales de verdadera inclusión tiene su revés en el surgimiento de un séquito, que si no es despreciable en número, sí lo es en peso y poder político para gestionar un marco social más justo y solidario.

El guía del estado de necesidad

Sin poder político, sin peso en la gestión de lo público, el trabajador social se convierte muchas veces en el rostro sensible, el acompañante que con su labor intenta compensar de alguna forma lo que no hay. El trabajador social está mucho más cerca, por otra parte, de ser carne sufriente que de ser otra cosa. Precarizados muchas veces, con contratos por temporada, mal pagos, peor reconocidos. Parecen ser la primera línea de fuego indígena o negra de los ejércitos patriotas del siglo XIX. Enfrente no están los ejércitos realistas, pero sí un gran abanico de necesidades sociales que no por más abstractas son menos potentes. Ponen el cuerpo sin tener muchos más recursos para actuar que eso, el cuerpo, la cara, y una agenda más o menos copiosa de recursos sociales cada vez más insuficientes.

Se pregunta Martín Rodríguez en la obra mencionada:

“¿Cómo se llama el guía del estado de necesidad? Trabajador Social[2]”.

El guía, el médico que administra al paciente lo que necesitaría para estar mejor. Las necesidades aumentan, se diversifican, y la agenda del trabajador social (que no es otra cosa, quizás, que las políticas sociales existentes escritas en un cuaderno, además de otros limitados recursos barriales y sociales) que muestra recursos inversamente proporcionales al crecimiento y diversificación de demandas y situaciones en constante ebullición.

Y el trabajador social no está solamente en la primera línea de fuego, como se dijo. Está, además, muchas veces solo. Si es parte del Estado, no puede acceder de modo alguno a quienes pergeñaron las políticas, ni para hacerles señalamientos, propuestas, correcciones. Nada.  Arréglense y vayan, parece decirles el Estado, nunca en forma directa porque su existencia es tan poco apreciada como valorada. El guía del estado de necesidad no tiene ni siquiera un mapa. Lo ayudan sólo algunos baqueanos lugareños a insertarse en las comunidades humildes. Ser trabajador social es aprender día a día a orientarse en la selva de omisiones de un Estado que parece habernos dejado allí, casi a la intemperie. Es acostumbrarse a no tener respuestas ni poder alguno para satisfacer el estado de necesidad de comunidades excluidas hasta de las cartografías de la guía T. Hay que rebuscarse con lo poquito que hay, pensar el recurso paliativo o la alternativa para las personas y familias. Al menos intentarlo, sobre todo eso. Rebuscarse es la cuestión.

Aparecemos como guías del estado de necesidad sin recursos, sin mapas, sin tener muchas veces respuestas. Y a veces tan acostumbrados, que ya ni nos hacemos muchas preguntas ni cuestionamos demasiado nada. El trajín diario, la rutina, la falta de horizontes posibles.


Ya no estás sola Stalingrado…

Está ahí. Solo, casi librado al concurso de sus propias fuerzas. Con la esperanza no ya de lograr un cambio social colectivo como se soñó en décadas pasadas, sino al menos de hacer algo por los humildes.  El trabajador social abraza la carne sufriente de la Argentina, y prefiere caminar por Castañares y Mariano Acosta y no por Santa Fe y Coronel Díaz. Martín Rodríguez consigna:

“De casa al barrio y del barrio a casa. En el mp3 de la trabajadora social suena “Soy feliz”. Ella siente que cuando llega al barrio el barrio se enciende. Lo que era blanco y negro se vuelve color[3]”.

La cita es pertinente para hablar de una realidad que muchas veces vivimos, abrumados los trabajadores sociales por las circunstancias sociales adversas y la impotencia de no contar con los recursos para revertirla. Es algo así como el acostumbramiento a la pobreza. Es duro y difícil decirlo, pero el mayor peligro en las actuales circunstancias es que la pobreza deje de provocarnos indignación.  Casas sin agua corriente, sin cloacas, techos de chapa agujereados en plena Ciudad de Buenos Aires. Casas donde viven mujeres, hombres, chicos, cada vez más chicos. Los sueños de eliminar la pobreza parecen haberse archivado en algún rincón de la memoria de nuestra sociedad. Hoy nadie repite que pobres habrá siempre, como dijo el representante del neoliberalismo en los 90 en la Argentina, pero pocos lo dudan. Luego del ocaso de los sistemas colectivistas, cuya máxima expresión fue la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, no sólo se perdió la ilusión de un sistema alternativo al capitalismo sino también quizás la aspiración social de acabar con la pobreza. Si los socialismos reales fracasaron, obligaban al menos al capitalismo a ser benefactor, lo que rápidamente dejó de lado cuando se impuso su unicato sin amenazas a la vista. El fin de la historia, consignó entonces Fukuyama. Y, si no terminó la historia, sí parece haber acabado la aspiración social de lograr cierta equidad, integración, inclusión social. El Estado neoliberal reprodujo la pobreza y la más cruda miseria con inusitada contundencia, tanto que nos terminamos acostumbrando.

Como mucho, el Estado brinda programas para paliar un poco la magnitud de las necesidades pero no se plantea jamás como objetivo la terminación de este  problema social. Está sola la trabajadora social. Y hasta los pobres que atiende comprenden su situación. No van a pedirle muchas veces más que una receta, un informe para acceder a los paliativos que les tienen reservados las guías de servicios sociales del Estado. Unos manguitos, para seguir tirando.

El trabajador social, sin inserción ni poder político, es quien pone la cara y muchas veces más que eso. Martín Rodríguez aporta una figura interesante:

“La trabajadora social fue amputada (ya no estás sola Stalingrado)[4].”

La inserción para trabajar en barrios humildes, el constante y necesario involucramiento para intentar hacer algo, para procurar al menos brindar compañía a los sufrientes, requiere un compromiso muchas veces importante de parte del trabajador social. Y la figuración de la amputación es sin dudas pertinente. El trabajador social está ahí como la gente, sin custodia, calcinándose en la estación del Premetro, embarrándose los pies por los caminos anegados en los días de lluvia. Ya no estás sola Stalingrado, tenés esos profesionales de buena voluntad que se acercan, que sufren lo mismo que vos, que ponen el pecho, que caminan los mismos caminos que tantos trabajadores precarizados, que comparten quizás algunos de los mismos riesgos de los excluidos. Los vecinos los saludan y se alegran de verlos, por los menos hay algunos que se acuerdan de ellos, que se animan a transitar las calles barrosas, a entrar en el gueto en que se han convertido tristemente las villas miserias. Pero los trabajadores sociales se van, y la miseria, el hambre y el gran abanico de necesidades sociales quedan como siempre, imperturbables, cada vez más inabordables, casi tan naturalizados como la humedad porteña.

 

Los testigos de la injusticia

Acostumbrarse a la pobreza, el gran peligro. Somos los trabajadores sociales testigos a diario de esa injusticia. Y ser trabajador social hoy muchas veces quizás signifique aceptar la propia impotencia para resolver algunas situaciones, sobre todo aquellas que necesitan más que un buen asesoramiento, un buen consejo o la derivación oportuna. Pero aceptar las propias limitaciones no significa necesariamente acostumbrarse a la injusticia.

Hoy nos encontramos cada día más con problemáticas sociales complejas, siguiendo el término empleado por Alfredo Juan Manuel Carballeda[5], que necesitan no sólo una pluralidad de profesiones e instituciones para abordarlas sino de recursos sociales que permitan la viabilidad de proyectos de vida truncados.

Todos conocemos las cifras llamativas sobre jóvenes en los barrios humildes que no estudian ni trabajan. En el presente, son beneficiarias muchas de sus familias de programas paliativos como Ciudadanía porteña o la asignación universal por hijo del gobierno nacional. Pero no hay en el futuro una promesa tangible de trabajo, de progreso y movilidad social. La segregación social es palpable. Son hijos muchas veces de padres que tampoco trabajaron, que no tuvieron oportunidades. Una red de comedores los asisten, pero como sociedad es muy pobre sólo apuntar a una reproducción biológica (a veces ni eso) sin reconocimiento, sin identidad ni verdadera participación. Somos testigos de la miseria, como volcamos en muchos registros e informes los trabajadores sociales:

“¿Hay trabajo infantil?

La trabajadora social anota: Niños que trabajan, niños que no pueden quedar solos en casa. Niños que prefieren ir a la ciudad y recorrerla arriba de un carro[6]”.

Asomarse a la situación de las familias humildes, tan sólo asomarse es muchas veces adentrarse en la dinámica de lo impensado para los valores de clase media que generalmente predominan en los trabajadores sociales. Martín Rodríguez lo grafica muy bien con esa frase concisa de niños que no pueden quedar solos en casa. No sólo pueden quedarse solos en su casa, sino quizás hasta cuidar un hermano, hacer los mandados, pedir monedas en un semáforo o ir solos al cíber a jugar en plena noche. Los niños de los barrios humildes en no pocas oportunidades no pueden darse el lujo de la edad del pavo y de una adolescencia rebelde y advenediza. Son muchas veces adultos desde edades tempranas, cuando no brazo derecho y pilar de la casa, vital ayuda de sus progenitores. Los dedos acusadores dictaminarán descuido, dejadez, negligencia, pero los que conocemos un poquito el paño no nos contentamos con eso.

-Es una mala madre. Los pibes están solos. – uno escucha decir y repetir en las escuelas u otras instituciones. Y cuántos trabajadores sociales a veces lo repetimos, o lo pensamos.

Y al hablar con la madre, podemos encontrarnos con que reconoce tácitamente que los deja solos y dice que trabaja de dos de la tarde a diez de la noche. Que no queda otra que el hermano mayor retire al menor de la escuela y que ella se comunica con su hijo mayor por el celular para ver si están bien. Y que una vecina los mira y le avisa cualquier cosa que pase.

Y uno se queda sin palabras. Sin trabajo, no pueden comer. La ley dice que debe quedarse con sus hijos, que son su responsabilidad. La ley y la trampa, la ley y la nada. Porque el mismo Estado, la misma sociedad no le ofrecen más que unos pocos pesos por hijo para solventarse. No alcanza, como todos sabemos. Hay trabajo infantil, hay soledad infantil. Hay adultez prematura. No hay una única solución y mucho menos un único culpable. Cargar la culpa sobre el más débil es una de las peores actitudes en la moral de nuestra sociedad que nos dejó el neoliberalismo. El excluido está afuera por su culpa, por su propia responsabilidad. Esa señora no estará preparada, no se habrá modernizado como el mercado exige, y encima es una mala madre. Como tantas...

Estamos tan acostumbrados a la pobreza y a la indigencia, parece, que no la consideramos ya ni una situación excepcional ni una emergencia. Aunque haya familias con niños viviendo sin cloacas, lloviendo dentro de la casa, con riesgo los niños de quedarse pegados a un cable de la electricidad totalmente a su alcance por instalaciones deficientes. Estamos tan acostumbrados que en la actualidad ya ni se plantea como política de Estado el convertir a las villas de emergencia en barrios obreros decentes. Pensar en eso es poco menos que una utopía. Lo que como mucho se consigna es la urbanización de los lugares, que puede interpretarse no sin razón como una consigna para que la policía y otras fuerzas de seguridad puedan transitar mejor por los barrios precarios. Control social, que le dicen. Porque a los villeros nadie les pide opinión. Porque están excluidos, son sólo parte del problema y no de la solución. El problema son los villeros, no las condiciones en las que viven.

Nos hemos acostumbrado a que las villas miseria se amplíen cada vez más y cuenten con cada vez menos servicios, menos salubridad, menos seguridad pero no solo por la delincuencia sino por las condiciones sanitarias paupérrimas en que se encuentran. El Estado, como se dice, actúa desde las políticas sociales. Pero, como la pobreza dejó de ser una excepción y mucho menos una emergencia, se plantean políticas focalizadas, para los más pobres de los pobres. Si el potencial beneficiario tuviera siquiera un ínfimo empleo registrado, se le da muchas veces de baja al subsidio o programa compensatorio, aunque dicho trabajo reporte un ingreso mínimo (incluso una jubilación mínima, pobreza con ingresos que le dicen).Y una situación que se comenta con frecuencia es la buena disposición de no pocos de los beneficiarios para tomar trabajos en negro que les permitan continuar con la percepción de los subsidios y los programas sociales. Más vale pájaro en mano que cien volando…

Y las villas miseria se convierten así en zonas de reclutamiento de mano de obra barata. Trabajo en negro, sin obra social, por sueldos ínfimos. Para seguir tirando, pero para que nunca puedan salir de ahí, del gueto al que fueron confinados por el sistema. Para que nunca falten, para que siempre estén.

El Mesías de la buena fe

La pobreza dejó de ser una emergencia, y así lo demuestra el trato que reciben las personas que requieren un subsidio o ayuda social. Si  así no fuera, la asignación de los planes sociales sería, si no inmediata, sí rápida y flexible. El riesgo social y los derechos vulnerados deberían ser los principales requisitos, y no una lista sábana de papeles muchas veces difíciles de conseguir para personas y familias pobres. La tramitación de un subsidio se ha vuelto en muchas ocasiones una verdadera odisea para las personas humildes. Basta pasear la mirada por la esquina de Pavón y Entre Ríos, sede del Ministerio de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, para comprobarlo. Una cuadra de cola de espera como mínimo, a la intemperie, sin un refresco ni atisbo de sensibilidad alguna. Son seres humanos quienes allí se apiñan buscando la ayuda del Estado.

El tiempo de demora del subsidio o de un plan social es un buen indicador de que la pobreza dejó de considerarse en nuestro país una emergencia. El tiempo asignado pocas veces se traduce en días, muchas veces en meses y hay ocasiones que en años, como grafica muy bien Martín Rodríguez:

“Pachango recibió por fin el subsidio para la Cooperativa “La Gran Esperanza”.

Cooperativa de construcción.

Cuando lo cobró la cooperativa ya no existía.

Pero los papeles hicieron el circuito.

Firmados.

Cobró 30 mil pesos en mayo del 2006.

Compró un parlante de un metro y medio.

Alucinó con armar el templo en su casa.

El templo donde vive su madre de la iglesia coreana sobre Castañares.

Repartió aguinaldos.

Borracho no sabía a quién. Pero los repartió[7]”.

Esta situación, bastante común para quienes somos trabajadores sociales, desnuda el gran problema de la burocracia. Nadie piensa en la situación concreta de Pachango y su cooperativa de trabajo. Hay pasos estrictos que cumplir, requisitos, papeles, proyectos que presentar. Si hubiera sido considerada la situación de la Cooperativa como prioritaria, importante, habría sido necesario saltear el burocratismo. Cuanto más burocracia hay, más tiempo se pierde, es una obviedad incontrastable. Pero la pobreza dejó de sorprendernos hace rato, y de parecernos una emergencia, un problema social que es necesario atender.

La ambulancia llegó dos horas tarde, y la Cooperativa ya no existía. Después desde el ente oficial se dirá seguramente que se entregaron cientos, miles de subsidios a cooperativas de trabajo. Y no aclararán si pudieron esperarlo, y en qué condiciones. O para qué sirvieron.

Apunta en otro párrafo Martín Rodríguez:

“Si burocracia no se hace a propósito la espera del pobrerío en la tierra tiene un pequeño mesías de la buena fe que llena formularios, abre su oficina de gestión comunitaria a las ocho y multiplica el tiempo[8]”.

Ahí estamos los trabajadores sociales muchas veces. Somos tan impotentes políticamente como también pequeños mesías de la buena fe. Uno se reconoce a diario en esta cita, en el llenado de formularios de adultos pobres que no saben leer ni escribir. En el acompañamiento que se realiza para que las derivaciones se concreten, se efectivicen. No es lo mismo darle a la familia una dirección que acompañarla, dialogar con los profesionales, abrir una puerta para que la burocracia se afloje un poco al menos. Somos quizás una de las pocas esperanzas del pobre para alivianar la burocracia a la que deben muy a menudo enfrentarse (además de los punteros políticos y delegados barriales a los que no todas las familias acceden). Estamos constantemente intentando pulir y saltear requisitos que muchas veces exigen los programas sociales y que las familias excluidas no pueden cumplir. Y se logra muchas veces por medio de conocidos, porque tal empleado del ministerio, del C.G.P, del centro de salud conoce al trabajador social y se consiguen entonces pequeñas concesiones para atender a las personas, o dar a las familias el subsidio o ayuda que corresponde y que muchas veces no les llegaría si lo tramitaran por sus propios medios. Pero no hay nada sistematizado, la lucha con la burocracia, limar los requisitos para hacer los planes accesibles a la gente es una tarea que siempre se reinicia una y otra vez y se dificulta enormemente enlazar puentes, redes, acuerdos duraderos que simplifiquen la acción del trabajador social y sobre todo que efectivicen la atención de los que precisan. Es la labor siempre a retomar por los mesías de la buena fe, con nulo poder de resolución pero que tienen un conocimiento de las situaciones de las familias y los barrios del que mayormente carecen los centros de decisión, los ministerios de Desarrollo Social.

Si una sentencia conocida afirma que el conocimiento es poder, en el caso de los trabajadores sociales no se cumple. ¿Por qué no facilitar la llegada de los subsidios, de las ayudas sociales, con un sistema descentralizado, con instancias locales que puedan ejecutar, decidir? En la actualidad, vemos cómo los Centros de Gestión y Participación comunales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sólo reciben las demandas, sin poder decidir muchas veces. Se acumulan carpetas, informes, situaciones, pero la decisión la toma el Ministerio de Desarrollo Social, en Pavón y Entre Ríos. Y hacia allá van las personas a hacinarse otra vez, como en la mayoría de sus viviendas.

A modo de epílogo

Las problemáticas sociales complejas exigen una resolución lo más cerca posible de esas problemáticas. Si se descentralizara y dotara de poder de resolución a las entidades locales, si los requisitos no bajaran desde entidades y oficinas que no conocen los problemas concretos de los barrios humildes, dejarían los trabajadores sociales de ser los mesías de la buena fe para pasar a ganar mayor influencia para una mejor ejecución de los programas sociales, como así también para corregir las desviaciones y errores que se cometen en su ejecución.

No carecemos de conocimientos de las situaciones concretas, y tenemos como profesión además la capacidad e idoneidad necesaria para hacer estos aportes. No se trata de que un trabajador social sea ministro de Desarrollo Social y se encierre en una oficina, se trata de buscar la existencia de mayor poder de resolución en los que conocen y atienden a las personas en estado de extrema necesidad, de vulnerabilidad y pobreza.

Si sin burocracia, el peligro es la desorganización y la discrecionalidad en el otorgamiento de los beneficios, con un exceso de burocracia el peligro es mucho mayor: que los planes de ayuda social no lleguen con premura a quienes tienen que llegar dejando a familias libradas a sus propias fuerzas por no cumplir ciertos requisitos o perder precioso tiempo cuando las necesidades urgen y no pueden esperar.

Como consigna Alfredo Carballeda, “la intervención desde esta perspectiva es un lugar de construcción de nuevas preguntas, un espacio desde donde se construye agenda pública[9]”.

Cuestionarnos en nuestra propia labor puede abrir un camino para, si no podemos construir agenda pública, al menos intentarlo. Planteando problemas, haciendo nuevas preguntas.

El cambio quizás consiste en volver a considerar a la pobreza como un problema social que urge y es preciso atender. Como trabajadores sociales no deberíamos acostumbrarnos a esto, como sociedad menos.

Acostumbrarnos a la pobreza, el legado pútrido del neoliberalismo. Atender prioritariamente a las personas vulneradas en sus derechos, un objetivo social que no debe resignarse.

 

Bibliografía citada:

- Carballeda, Juan Manuel (2008). “La intervención en lo Social y las Problemáticas Sociales Complejas: los escenarios actuales del Trabajo Social”. En Revista Margen n° 48. Se puede consultar en http://www.margen.org/suscri/numero48.html.

-  Rodríguez, Martín. Ministerio de desarrollo social. Ed. Determinado Rumor. Se puede acceder en http://determinadorumor.com.ar/poesia/ministerio-rodriguez/

 


[1] Rodríguez, Martín. Ministerio de desarrollo social. Ed. Determinado Rumor. Se puede acceder en http://determinadorumor.com.ar/poesia/ministerio-rodriguez/

[2] Rodríguez, Martín. Op.cit.

[3] Rodríguez, Martín. Op. Cit.

[4] Rodríguez, Martín. Op. cit.

[5] Carballeda, Juan Manuel (2008). “La intervención en lo Social y las Problemáticas Sociales Complejas: los escenarios actuales del Trabajo Social”. En Revista Margen n° 48. Se puede consultar en http://www.margen.org/suscri/numero48.html.

[6] Rodríguez, Martín. Op. cit.

[7] Rodríguez, Martín. Op. cit.

[8][8] Rodríguez, Martín. Op.cit.

[9] Carballeda, Alfredo Juan Manuel. Op.cit.

 

Lic. Sebastían Giménez
Licenciado en Trabajo Social.
Profesor de Enseñanza Primaria con especialización en intervención pedagógica-didáctica en contextos de pobreza.

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