El asistencialismo que nadie ve

Un concepto muy en boga en las Facultades de Trabajo Social y en la definición misma de las políticas públicas, es el de asistencialismo.

Se lo define como una forma de asistencia donde el destinatario es meramente un receptor de algún producto que se le da (bien, servicio, subsidio).
Se hace mucho hincapié en que el asistencialismo crea una clara situación de dependencia del individuo o grupos que lo reciben, que no promueve la dignidad, el desarrollo de proyectos, etc.

La persona, dicho en términos simples, se “aburguesaría” en una comodidad alienante. La imagen clásica que se trae a colación es que hay que enseñar al asistido a manejar “la caña” (o sea, a desarrollar sus propias potencialidades), y no brindarle el pescado ya preparado. El concepto aparece sólido y posiblemente tiene que ver con nuestra realidad argentina.

Pero lo que aparece en un cono de sombra es otro tipo de asistencialismo al que pocos critican.

Cada tanto, “braman” los empresarios argentinos contra lo costoso de la mano de obra o quejándose de que sufren pérdidas. ¿Cómo reaccionó el Estado ante esto? Con las sucesivas reformas laborales en la década neoliberal, aberrantes por donde se las mire para la clase trabajadora. También con devaluaciones que les permitieron licuar los pasivos. ¿No es esta una forma de “asistencialismo” acaso? ¿Por qué el Estado no deja que dichas empresas importantes desarrollen sus proyectos y “potencialidades”? ¿Por qué estas concesiones burdas? ¿Por qué tantas exenciones impositivas a los poderosos, disfrazadas de “incentivos” y “reglas claras”? Son, más bien diría, “reglas caras” para el erario público.

¿Por qué no dejó y deja el Estado que las “fuerzas vivas” se arreglen solas, desarrollándose “dignamente”?

¿Qué “asistencialismo” más aberrante hubo en la Argentina sino la protección deliberada estatal al sistema financiero en la crisis del 2001? Se confiscó a pequeños ahorristas para “asistir” a los “pobres” Bancos que giraron montos millonarios al exterior. ¿Por qué no dejar todo librado a la “oferta y demanda”, y que las instituciones bancarias se arreglaran como pudieran (por ejemplo, trayendo fondos de sus casas matrices)?

Estos casos de “asistencialismo” a los ricos son los que causan el defalco de las cuentas del Estado, y no el “asistencialismo” de los pobres, como declaman algunos.

Buscando semejanza con la imagen anterior de “la caña” y el pescado, el Estado en estos casos cedió varios cardúmenes ya preparados, y los argentinos quedamos fritos.

Sabiendo esto, los trabajadores sociales no podemos quedarnos tranquilos criticando el “asistencialismo” que reciben los pobres, e ignorando el que recibieron y reciben los ricos.

Algunos bien intencionados hablan de que el asistencialismo que reciben los pobres funciona como paliativo, y colabora con la perpetuación del sistema injusto de dominación.

Pero cabe preguntarse ¿no es acaso el asistencialismo a los ricos el más injusto, y el que más colabora para el mantenimiento de las estructuras desiguales?

Acusar el “asistencialismo” que reciben los pobres es ver el árbol y no el bosque. O peor, culpar al más débil, librarlo a su suerte con el argumento de que debe ser “independiente y desarrollar sus propios proyectos”, mientras continúan las políticas públicas de asistencia pública a los ricos.

Sí, asistencia a los poderosos. Con total falta de vergüenza. Con total perversidad. Tanto más perverso, cuanto mayor el hambre de los pobres.

Por Sebastián Giménez
Lic. en Trabajo Social
Profesor de Enseñanza Primaria

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