Trabajo Social Independiente

“Breve Reseña de la Evolución del Trabajo Social”

Citar al Tratamiento Familiar significa una contienda que habitualmente se desarrolla dentro del marco institucional, especialmente si nos referimos a la tarea de los trabajadores sociales. Pero como parte de la evolución de la profesión, así como también del accionar de otras profesiones y particularmente de las tareas de equipos interdisciplinarios, debemos describir  las características del Trabajo Independiente. Particularmente del Trabajo Social, ya que esta ciencia  tiene menor recorrido en esta experiencia. Y en consecuencia existe escasa bibliografía al respecto. Motivos por los cuales merece un capítulo aparte.

“En la República Argentina surge la necesidad de la tarea autónoma atendiendo las realidades socio-económico-laborales de la República, que han conducido paulatinamente, de una relación laboral dependiente del estado, casi como exclusivo empleador, a la proyección del trabajo independiente, con el desafío de... valorar económicamente y dignamente el desempeño profesional...” (FAAPPSS-l997-).

Resulta difícil pensar al Trabajo Social como profesión autónoma, especialmente si nos remontamos a sus orígenes. El mismo tiene sus raíces en “brindar servicios a la población marginal y alienada”.

Estos comienzos están emparentados con las buenas intenciones de personas colocadas socialmente en mejores condiciones personales para brindar “ayuda” a los seres más necesitados, en principio respecto de sus economías. Pero a medida que esta acción se fue profundizando, comenzó a extenderse a aquellos que se encontraban afectados no solo por la pobreza respecto de sus posibilidades materiales, sino también en minusvalía social, en cuanto a formar parte de la línea más baja, de acuerdo a las jerarquías en la pirámide social. Paralelamente también se amplió a aquellos que se encontraban en situación de riesgo e indigencia, como huérfanos, insanos, etc.

Las mencionadas acciones comenzaron a sistematizarse, comprendiendo lo que hasta hoy en día se conoce como “tareas de beneficencia”. Este último término entendido como “virtud de hacer el bien”. Desde nuestro conocimiento social, podríamos definirlo como brindar a las personas aquello que no poseen o lo que no se encuentran en condición de acceder. Cuando dicha beneficencia se reguló, dio lugar a establecimientos que brindaban dichos servicios, ya en forma institucionalizada. Así podemos hablar de orfanatos, casa de pobres, hospicios, etc. Estas instituciones primarias necesitaban de la acción regular de personal estable. Personal que comenzó a tener que ejercer tareas específicas, que de ser meros trabajos pasaron gradualmente a necesitar de una preparación adecuada.

Así surgieron en principio tibios entrenamientos en carreras de corta duración emparentadas al posterior Trabajo Social, para pasar a una capacitación terciaria y luego universitaria de esta disciplina, prolongando cada vez más el período de formación, todo lo cual generó una especificidad que teorizó los contenidos necesarios para dicha capacitación.

Estas teorías se fundaron en ciencias como la medicina, el derecho, la filosofía y todas aquellas disciplinas más cercanas al humanismo. Pero respaldándose, más específicamente con la “sociología”, especialmente en las décadas del último siglo pasado.

No obstante el surgimiento del Servicio Social como carrera de grado, podemos generalizar tanto en alcances como en una cuestión común  en todos los países donde creció esta profesión, que su accionar estaba ligado al “asistencialismo” entendiendo por éste el “servir en algunas cosas o tareas a otros”.

De allí que durante varias décadas del  siglo XX, en muchas naciones, principalmente en algunas latinoamericanas, se habló de “Servicio Social”, para pasar más recientemente a los términos comunes de “Trabajo Social”.

No es casual la aplicación de estos términos, ni su cambio posterior. Los mismos son consecuencia de modificaciones en los conceptos y en las  modalidades en la cotidianidad del ejercicio.

El “asistencialismo” supone una acción ejercida por una persona en beneficio de otra. La misma es una relación complementaria. Requiere de un actor pasivo, frente a otro activo que hace por él. Podemos sintetizar esta conducta como “servicio de uno a otro”. De allí la designación de Servicio Social.

En la actualidad, el ejercicio de la profesión evoluciona hacia la “asistencia”  propiamente dicha, la cual implica una relación más cercana a la simetría entre profesional y cliente, ya que “la tarea social se dirige a un ser o grupo activo participante del accionar profesional, en un proceso colaborativo para la solución de problemáticas”. Es decir que de un Trabajador Social con un papel central, evolucionamos a una paulatina devolución al “protagonismo de la gente”. En consecuencia, hablamos de “trabajo” (que podríamos definir como mancomunado) y no de “servicio”.

Cabe aclarar que estas últimas descripciones son instancias de una evolución del “Trabajo Social” que forman parte de un proceso de cambio no establecido en su totalidad, y que como todo devenir humano tal vez no concluya. Además, que el mismo varía de acuerdo a las diferentes realidades y necesidades de cada nación.

Por ejemplo, todavía persiste la aplicación del término “ayuda” como inherente al ejercicio del Trabajo Social, siendo que este vocablo se asocia más a una actitud pasiva del “sistema consultante” próxima al asistencialismo, que a la dinámica propia de la “asistencia”. Tal es así que si nos remitimos a la definición de “ayuda” se la agrupa como sinónimo de “socorro, auxilio”.

De todas maneras, resulta significativo tener presente que aún aplicando este término, la conceptualización y desarrollo de la teoría y práctica, difieren de la de aquellas etapas más cercanas a los inicios del Trabajo Social. Tal es el caso, por ejemplo de Elisa Bianchi, que denomina uno de sus libros “El Servicio Social como Proceso de Ayuda” (1994), pero que define al mismo como “la promoción de los recursos personales, sociales... e institucionales”. Es decir que encuadrándolo dentro de lo que significa “promoción” implica activar los recursos propios del cliente, suponiendo un desarrollo a través de la autodeterminación del mismo. Más aún (en uno de los capítulos de la misma obra) María Dal Pra Ponticelli habla del “proceso de ayuda realizado por un profesional... dirigido a individuos, grupos o sujetos colectivos, tendiente a activar un “cambio” en el modo de situarse... frente a los problemas que los afectan o de los cuales tienen intención de hacerse cargo..., en relación a las respuestas por activar o ya disponibles.”

En concordancia con lo expuesto, observamos que la terminología no responde a su sentido literal, sino que supone argumentos que al desmenuzarlos, están ligados a los cambios que últimamente se han producido y no a ciclos anteriores, en vías de superación.

Por último, debemos señalar que en esta descripción, las reestructuraciones señaladas nos conducen a una mayor proximidad y aplicación de lo que (desde hace algunas décadas) se denomina “Trabajo Social Clínico”, dado su ligazón con intervenciones terapéuticas, entendiendo por este último vocablo “los procedimientos para el tratamiento que conduzcan a la reducción de los factores que originan el sufrimiento humano”.

Específicamente en el Trabajo Social, se denomina “Clínico” a aquel que tiene como  meta “la mejora del mantenimiento del funcionamiento psicosocial de los individuos, las familias y los grupos... y cuya práctica es la aplicación profesional de la teoría y los métodos de tratamiento del Trabajo Social”. (Rachelle Dorfman-1988).

Encuadrado dentro del “Trabajo Social Clínico” encontramos (entre otros ámbitos) al “Trabajo Social Independiente”. Modalidad de Intervención que ha recorrido un largo derrotero para encontrarse actualmente en la posibilidad de su concreción, ejecución y aplicación.

La intervención desligada de la dependencia laboral institucional, implicó una larga lucha que aún hoy todavía no tiene en algunos países de Latinoamérica la ley que regule este ejercicio.  Como ejemplo de quienes ya cuentan con ella tenemos a Colombia regida por la Ley N ° 53, de l977  que reglamenta la profesión del Trabajador Social.  Y Argentina que posee la Ley Nacional N° 23.377, sobre el ejercicio de la profesión de Servicio Social o Trabajo Social. Y la Ley Provincial de la Provincia de Buenos Aires N° 10.751. Ambas crean los Colegios Profesionales respectivos y determinan las incumbencias, deberes y derechos de los profesionales.

En Estados Unidos este ejercicio es de larga data, a tal punto que los Trabajadores Sociales se encuentran en igualdad de oportunidades, jerarquías y posibilidades de acción que otros profesionales de la salud. Algunas de las dificultades suelen establecerse en los aranceles que con frecuencia son más bajos que los de psiquiatras, psicólogos y sociólogos. Estas cuestiones generalmente se resuelven en términos de competitividad y competencias. Como dato significativo de este último país se debe citar que los privilegios y valores del Trabajo Social Clínico están contenidos en el Código Ético de la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales Graduados.

Por último pueden unificarse los lineamientos citados con la última definición de Trabajo Social acordada en asamblea en Montreal en l998, que dice: “La profesión de Trabajo Social promueve la resolución de problemas en las relaciones humanas, el cambio social, el poder de las personas mediante el ejercicio de sus derechos y su liberación y mejora de la sociedad. Mediante la utilización de teorías sobre el comportamiento humano y los sistemas sociales, el Trabajo Social interviene en los puntos en los que las personas interactúan con su entorno. Los principios de los Derechos Humanos y la Justicia Social son esenciales para el Trabajo Social”.

Sintetizando el breve recorrido realizado y la experiencia recogida de quienes ejercemos la profesión en forma independiente, surge que la más frecuente dificultad de esta área, está implícita en la dicotomía entre los orígenes de la profesión (que implican un “estigma” para los Trabajadores Sociales) y las actuales posibilidades de este marco ejecutivo. Al respecto dice Rachelle Dorfman. “La tradicional preocupación sobre la práctica privada ha sido que no es apropiada para una profesión cuyos orígenes están en el servir al pobre y desvalido”.

Por otra parte, existe “una contradicción entre la demanda social y de los servicios institucionales, que asocian al Trabajador Social como solamente capacitado para intervenir en los niveles sociales marginales, cuando en realidad la formación e incumbencias son amplias y no sectarias, pudiendo dirigirse a cualquiera que pueda tener problemas sociales, ya que su fuerza yace en los valores consistentes que constituyen la base de sustentación de una profesión altamente consustanciada con las normas de respeto y valoración de la condición humana”.


“Alcances del Trabajo Social Independiente como una Diferente Alternativa en la Consulta y Resolución de Problemáticas”

Más allá de los avances para la concreción del ejercicio de la profesión de Trabajador  Social en forma independiente, el interrogante que surge respecto de la actividad, es los “cómo”, para los cuales no alcanza como respuesta las capacitaciones de post-grado y maestrías que muchos profesionales de esta área han realizado y continuarán realizando, aunque los mismos brinden mayor eficiencia y efectividad. Es decir que dichas formaciones no son suficientes para responder las dudas y cuestionamientos que surgen frente a este reto profesional.

Todo cambio implica enfrentarse a situaciones nuevas y por lo tanto desconocidas. Dichas situaciones producen temor y ansiedad. Las circunstancias conocidas son las que nos reaseguran conductas predecibles.

Avanzar en el ejercicio en el ámbito privado implica que por un lado se vivencie temor, lo cual genera aferrarse a tareas tradicionales y conocidas. Por otro “el deseo de crecimiento gesta el impulso a acceder a experiencias profesionales que apunten a la evolución”.

Las citadas perspectivas de evolución pueden ser resistidas por el propio ámbito “intraprofesional” que defiende un accionar asociado con evaluar, luego de recoger información de los sectores sociales sobre los que se opera. Tipos de intervenciones que implican un rol más próximo a la pasividad. Y que se fundan en que desde sus comienzos y aún en la actualidad la formación universitaria, como carrera de grado, está impartida para desarrollarse dentro de un marco institucional y de relación de dependencia.

El ejercicio independiente significa un “salto al vacío”, casi como una deslealtad para aquello para lo que se fue entrenado. La sensación es de encontrarse en soledad frente a lo que implica la falta del respaldo del marco institucional. Situación que encuentra su resolución en la aceptación que el Trabajo Social cuenta con los suficientes contenidos como para dar respuesta a este debate. Y en el convencimiento, que al evitar este paso se está no solo coartando el deseo de crecimiento de la propia profesión, sino simultáneamente privando a todo el arco social consultante de una propuesta  que posee bastantes recursos  como para solucionar contingencias  no solo compartidas en el espacio profesional, sino que pueden ser posibles de resolución, precisamente  por “tener el Trabajo Social elementos específicos que no pueden encontrarse en otras disciplinas”. Sin ánimo de omnipotencia, estimo que uno de los factores que facilita el avance de la propuesta independiente es el reconocer las propias posibilidades.

Paralelamente los sistemas “interprofesionales” y mensajes de los usuarios, refuerzan  posiciones comunes, a través de propuestas que solicitan estas acciones.

La contra cara de la evolución dentro del quehacer profesional, presupone alimentar “dos aspectos primordiales” para responder a los “cómo” citados al principio.

En primer término constituirnos los Trabajadores Sociales en “agentes multiplicadores y de promoción” de la oferta que la profesión significa como modelos de consulta. Modelos  que están ligados a intervenciones sociales, (que difieren de algunas ligadas a la psicología o psiquiatría) que trabajan en lo intervincular, “teniendo como sustento la prolongada trayectoria del Trabajo Social como disciplina operacional contextual por naturaleza”.

Todo lo cual implica una opción para el “sistema usuario” de una propuesta más ecológica, ya que dignifica y activa el ámbito espontáneo por excelencia de pertenencia y cotidianidad. Además respeta y promueve los lazos  “pre-existentes,” estimulando y ampliando las redes relacionales del marco total de un individuo o grupo, motivando cambios a través  de la reformulación de interacciones productivas, que se potencian en un accionar coherente generador de organizaciones más saludables.

En segundo lugar, fundamentar dicha oferta selectiva, avanzando permanentemente en conocimientos, todo lo que permite una necesaria y responsable actualización, que hacen que el “Trabajo Privado” brinde diferentes formas de intervención.

Esta propuesta y su consiguiente soporte nos enfrentan con el prestigio que el “Trabajo Social Autónomo” implica para la evolución de la profesión en sí misma. Y nos exige, a nosotros como profesionales, transformarnos frente a las nuevas responsabilidades asumidas en activadores de recursos, propios, del cliente e institucionales.

Desde esta perspectiva se debe trabajar paralelamente en no caer en los riesgos que los términos “privado e independiente” encierran en sí mismos. Entre ellos, que los Trabajadores Sociales neguemos u olvidemos nuestros orígenes y se pierdan de vista los valores y propósitos que dieron lugar a la profesión en sí misma. Esto presenta el peligro de encasillarnos como profesionales de “alto rango o status”, más que lo que realmente somos como profesión humanista: “gente con un trascendente grado de vocación de entrega, y de dar y devolver lo que humildemente hemos tenido la suerte de aprender”. El crecimiento es posible en la medida que se desplieguen las alas, pero sin renegar u olvidar las raíces.

Las “contradicciones y dificultades” continuaran surgiendo, en la medida que enfrentemos esta modalidad de práctica profesional y no cesemos en alimentarla.

Nos reafirmaremos, dentro de esa acción de nutrirla, no eludiendo el esfuerzo que ello encierra para la saludable y necesaria “jerarquización profesional”, que se hará más sólida en la medida que conjuguemos estabilidad y crecimiento.

En consecuencia los alcances del Trabajo Social Independiente están y estarán directamente relacionados con este convencimiento y con la respuesta y propuesta que brindé al “contexto social” como una probabilidad más de resolución de conflictos humanos.

“Identidad Profesional del Trabajador Social en el Ejercicio Independiente de la Profesión”

El Trabajo Social Independiente significa una renovación en el “encuadre” de la actividad profesional. Coherentemente este cambio, alcanza a la “identidad profesional”. De aquel origen ligado con tareas netamente asistencialistas, llegamos a un rol que requiere de una mayor reafirmación, especialmente por el hecho del pasaje necesario entre un trabajo realizado en “dependencia” institucional y una acción cuya cualidad más sobresaliente es la “independencia”.

Creo que es imposible no asociar esta situación, con el “crecimiento”. Todo ser humano inicia su existencia con un alto grado de “dependencia” respecto de quienes son sus seres más cercanos, avanzando rodeado de una contención que le brinda la estructura familiar por excelencia. A medida que progresa en sus etapas evolutivas, se acrecientan los grados de independencia, hasta trasformarse en un ser “autónomo”.

Trasladando esta situación vital a la tarea profesional, es acertado asociar la “independencia”, con aquella necesaria para alcanzar una actividad autónoma. No sin antes aclarar que la independencia es lograble también en los roles tradicionales y que se desarrollan dentro del ámbito institucional. La diferencia reside que este tipo de evolución se realiza dentro de los caminos ya conocidos del quehacer de la profesión.

Por el contrario la “emancipación” que requiere el ejercicio independiente, significa en sí misma un cambio.  Cambio para los cuales la carrera de grado poco capacita. No por descuido, sino porque  la mayoría de las formaciones académicas están previstas para las funciones comúnmente signadas para el Trabajo Social.

El deseo de evolución es el motor que impulsa el acceder a nuevas experiencias, entre las cuales podemos incluir la “actividad independiente”.

A esta normal vivencia  se suma como otro factor de resistencia las mencionadas demandas de todo el marco comunal que responden todavía a las bases de la profesión.

Esta situación coloca al Trabajador Social en una contradicción; en un “conflicto de lealtades” entre la solicitud de una tarea que lo limita y rotula, que no lo estimula para ejercer otros roles. Y sus capacidades y anhelos de evolución, que lo impulsan (entre otras cosas) hacia la “independencia”. “Capacidades que coinciden con un Trabajador Social más próximo a la creación de nuevos ámbitos; a la gestación de nuevas acciones; al “vuelo” que  asegura su individuación.”

Como toda situación de crecimiento comparable al joven que busca  el momento oportuno para abrir la puerta que lo conduzca a su propio proyecto de vida, el Trabajador Social está a la espera.

Pero también como toda circunstancia vital, requiere no de una instancia sino de un “proceso”. Es decir el trayecto a recorrer  para alcanzar dichos niveles. Camino que se afianza  a través de ensayos, errores y aciertos; marchas y contramarchas. Y del que posiblemente todavía estemos atravesando etapas.

“Lo señalado, “confirma la necesidad de una “identidad” sustentada en la posibilidad de resolver los conflictos entre temores y deseos; entre posibilidades y necesidades; entre anhelos y realidades; entre demandas y propuestas concretas. Deseos, necesidades, anhelos y propuestas que afianzan  y promueven el ejercicio independiente hacia el afuera. Y que paralelamente (hacia adentro) afirman los ciclos que requiere el pasaje de tarea dependiente a independiente”.

El presente desarrollo nos conduce a la lógica necesidad de asociar la “identidad profesional independiente” con un “pensamiento progresista”. Es decir aquel que genera acciones proyectadas hacia un futuro. “Un pensamiento que avale el crecimiento, gestando soluciones nuevas para nuevas problemáticas. Y no aquel que frena el impulso emancipador, apostando a las mismas respuestas para contingencias diferentes”.

Un Trabajador Social  progresista necesita sostener su integridad en un trayecto que esté iluminado con “claridad”  respecto de “quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos...”( Mónica Chadi- 2000).

Los dos primeros términos nos son comunes a todos. El último es particular. Corresponde al Trabajador Social que elija como ámbito de su ejercicio el independiente.

La oportunidad que esto significa aportará recursos para su propia reafirmación emocional, otorgándole una mirada distintiva que es condición indispensable para evaluar y adecuar su propuesta a las diferentes contingencias sociales que acceda.

No obstante esta conjunción, se debe aclarar que el panorama es más amplio.

En coherencia, toda intervención profesional estará signada por un pensamiento que se centra en la observación de las relaciones entre el grupo consultante y que es aplicable a  los abordajes que se realicen dentro del quehacer del Trabajador Social, sea este dentro o no de un encuadre institucional.

Tal vez, uno de los mayores soportes para el “Trabajo Social Autónomo” sea el Modelo Sistémico por las aproximaciones entre ambos.

Tomando en cuenta, desde su integración, los aportes más sobresalientes de lo Social y lo Sistémico podemos definir que el  Trabajo Social ofrece el marco, es decir el ámbito donde ocurren los acontecimientos: “los contextos”. Y el Enfoque Sistémico presenta los lazos vinculares que conectan a la gente: “las relaciones”.

Por lo tanto la identidad de un Trabajador Social que conjugue ambas disciplinas, se caracteriza por un perfil expansivo. No limitado por un aspecto de la realidad, sino que se constituye en “actor y parte” de la intervención profesional, al actuar desde posiciones que le permiten evaluar las relaciones intergrupales, pero paralelamente las interprofesionales y también la relación “profesional- sistema usuario”, teniendo dirigida su mirada hacia todo el amplio espacio contextual. Su identidad se transforma en “multifacética”, al expandir su conducta.

En el ámbito del ejercicio independiente, (especialmente en los “Tratamientos Familiares”) la situación se define más puntualmente al fusionarse las “identidades asistenciales y terapéuticas”, que se entrelazan  al tomar el término “terapéutico”  como común a lo psíquico y social. “Homologándolo a la de nuestro quehacer profesional, si consideramos a este concepto como todo aquello que hace al proceso de cambio... En tal caso, nuestra actividad puede denominarse “socio-terapéutica”. (Mabel Franco- Laura Blanco- 1998).

Ejerciendo esta función socio-terapéutica el Trabajador Social se transforma a sí mismo en una interdisciplina, ya que confluyen en su persona métodos y técnicas del Trabajo Social y del Enfoque Sistémico. Su historia profesional- personal se nutre de lo “social-contextual”. Su correlato de lo “terapéutico-relacional- sistémico”.

Resumiendo la identidad profesional independiente del Trabajador Social es “transformadora” ya que al integrarse los recursos metodológicos, técnicos y estratégicos, su perfil se sustenta y sostiene sobre las bases de brindar “alivio, reducción o eliminación de los factores desencadenantes de las problemáticas”.

“Asiste y resuelve. Colabora con la adaptación de los cambios inducidos. Convoca al diálogo socio-relacional. Tiene un rol social y un rol activador de cambios. Brinda funciones reparadoras y modificadoras. Se centra en lo relacional, pero paralelamente en el ámbito más amplio del universo social. Conjuga lo asistencial y lo terapéutico.   Hasta aquí el proceso que da lugar a la identidad que gesta un “Socioterapéuta”.


“Perspectivas del Trabajo Social Independiente”

Desde una supuesta proyección futura, que nos permite medir que perspectivas guarda el Trabajo Social Independiente, se establece que más allá de las posibilidades que ofrezca el panorama global, respecto de los pedidos de consulta y de los encasillamientos del Trabajador Social en cuanto a su tarea, es importante aclarar que mucho de lo que suceda en más, estará directamente relacionado con factores internos de la propia profesión.

Mientras continuemos con la “dicotomía” de sí este es un espacio que nos es propio o que por el contrario está más cercano a los perfiles correspondientes a otras profesiones más ligadas a formaciones académicas de distinto rango, “la paradoja en la que se continuará inmerso constituirá un factor obstaculizador del avance hacia tareas más autónomas y creativas”.

Como se ha señalado anteriormente, toda situación de cambio produce una natural tendencia a la retracción. Retrocesos que favorecen el quedarnos en tareas ya conocidas.-

En contraposición surgen las tendencias a las modificaciones y el ir hacia adelante.

Coherentemente, cohabitan los lineamientos que nutren la estabilidad y el no cambio, como actitud respetable, pero de freno para la necesidad de acrecentar las acciones y los espacios que aporten renovaciones en el ejercicio profesional.

Manteniendo claridad respecto de estas posiciones extremas, podrá vislumbrarse la posibilidad de un mayor acercamiento entre ambas, que si bien respete los argumentos y conductas que sostengan cada una, puedan alimentarse una de la otra y viceversa, entendiendo que resultan complementarias. Ya que una resulta más un histórico del Trabajo Social, mientras que la otra responde a la necesidad de evolución de todo quehacer humano.

“Ambas son TRABAJO SOCIAL, con mayúsculas. Ambas responden a los preceptos de mejorar la calidad de vida de la gente. Ambas necesitan de personas con respeto y admiración por la condición humana. Las dos son parte de un mismo punto de partida, más allá que cada una tome caminos diferentes que acrecentarán todo el panorama profesional, sin olvidar sus orígenes y su derrotero hacia todo el universo social.”

Internalizar esta realidad dual, nos aporta la solución para la mencionada paradoja. Pero simultáneamente teniendo en claro que esta respuesta se concretará de acuerdo al grado de compromiso. Y con nuestra propia autoconfirmación como actores compatibles con el rol como profesionales independientes (ejerzamos o no nuestra tarea desde este sector).

La citada introspección, no descarta como posibilidad de progreso en este camino su espontánea relación con los ámbitos interprofesionales. “La confirmación por parte de los espacios externos, estará directamente relacionada con la imagen que ofrezcamos de nuestra circunstancia interna.” De allí la necesidad de tener resuelto este punto de conflicto. Cuanto más sólida resulte nuestra propia confirmación, mayores resultarán los avales de parte del resto del espectro profesional.

“No obstante, es central citar que esta auto y externa afirmación se acrecentará y reafirmará en la medida que ofrezcamos resultados y eficiencia en cada tarea.”

Ya que de nada sirve defender y ofertar propuestas, que a posteriori no presenten resultados que también alienten los aprendizajes, con su natural cuota de ensayo y error.

Desde una hipotética mirada proyectiva, podemos evaluar que el feedback positivo en el intercambio entre mundo interno y externo profesional, paralelamente provocará mayores alcances interdisciplinarios, en la medida que “toda la comunidad profesional no nos detengamos solo en el discurso teórico que fundamente la tarea, sino que progresemos aún y cada vez más en la acción en el abordaje”. (Mónica Chadi- l997 y 2001).

Por último, de todo lo expuesto la perspectiva se vislumbra como de alto alcance en la medida que este accionar, (en un mecanismo de ida y vuelta; de lo profesional al sistema usuario; de oferta de intervención al panorama social ampliado y de este último como posibilidad de evaluación de la propia conducta), permita afianzar la  posibilidad de la consulta.

En un circuito de retroalimentación, la demanda crecerá de acuerdo a la claridad y fortaleza de la propuesta. Lo puntualizado encierra nuestro compromiso para con la profesión; para con los ámbitos interprofesionales; para con el sistema usuario y para el porvenir y proyección de la carrera como oferta alternativa de consulta.

Por Lic. Mónica Chadi
*Extractado del Libro de  Mònica Rosa Chadi de Yorio:
“FAMILIAS y TRATAMIENTO FAMILIAR. Un desarrollo Tècnico-Pràctico” 
Capítulo I - Espacio Editorial- (2005- 2008)

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